Cada Mundial moviliza, atraviesa y pasa a ser algo más que un simple interés por el fútbol. Se ponen en juego emociones, expectativas, ilusiones y hasta estados de ánimo que pueden variar según el resultado de un partido. Si una persona ya se encuentra en una situación de vulnerabilidad emocional, una derrota o una frustración deportiva pueden profundizar aún más ese malestar. Lo que para muchos representa una fiesta deportiva, para otros puede convertirse en una fuente de tensión, nerviosismo o ansiedad.La pasión por una selección genera sentido de pertenencia e identificación. Muchas personas viven los encuentros con tal intensidad que sienten las victorias como logros propios y las derrotas como fracasos personales. Es desde este punto donde deberíamos detenernos a reflexionar. Esto no tiene por qué ser negativo, siempre y cuando no afecte nuestro bienestar cotidiano. Durante un Mundial es común observar alteraciones del sueño, dificultades para concentrarse, discusiones por diferencias de opinión o una preocupación excesiva por los resultados. Cuando la emoción supera ciertos límites, el disfrute puede dar lugar al estrés.La clave está en encontrar un equilibrio. Disfrutar, compartir, alentar y emocionarse forman parte de la experiencia. Sin embargo, es importante recordar que el fútbol es un espectáculo deportivo y que nuestra salud emocional no debería depender del resultado de un partido.
Vivir el Mundial con pasión es saludable; vivirlo con ansiedad excesiva puede transformarlo en una carga. La diferencia está en cuánto permitimos que las emociones nos gobiernen y cuánto somos capaces de autorregistrarnos para volver al centro cuando el eje se tuerce. Sentir es parte del juego; perder el control sobre lo que sentimos ya es otra historia.
Daniel Ricci
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